El mundo en que vivimos ha sido explicado a través de las mismas teorías y supuestos, de modo que tenemos una visión occidental sobre la gobernanza, los sistemas de producción y la economía, la propiedad intelectual, la naturaleza, las relaciones entre personas, etc. Sin embargo esta racionalidad, que ha sido impotente, arrogante, metonímica y proléptica, no permite ver otros modos de vivir, por tomar la parte por el todo. Esta razón ha determinado que el mundo es de cierta manera, y que no hay otra forma de ser, es decir ha planificado la historia, pues piensa que sabe todo del futuro; es una superación del tiempo lineal, que no permite nuevas construcciones.

El mundo en que vivimos está repleto de dicotomías jerarquizadas: hombre/mujer, occidente/oriente, blanco/negro, conocimiento científico/conocimiento tradicional, etc. Cuando la razón metonímica se asume como única, negando otras formas de existencia, las formas de vida en el mundo se ven homogéneas; el todo no permite ver las partes, las cuales a su vez no existen fuera de su relación con la totalidad, pues son sólo particularidades, cuyo referente es el todo. El todo ya no es la suma de las partes y más, sino es menos que la suma de las partes. Cuando hablamos de los países del Sur, de los países subdesarrollados, por ejemplo, sólo toman relevancia al tener como referencia a los países del Norte. Estos últimos utilizan los recursos naturales y a las personas  para su proyecto de progreso y modernización; existe entre ellos una relación de dependencia (sobre todo del Norte hacia el Sur), aunque ésta sea de destrucción.

El proyecto de modernización, industrialización y progreso que se instauró en el mundo desde el siglo pasado, ha requerido que los países del primer mundo utilicen a los “tercermundistas” como su basurero. Países como Alemania, Estados Unidos, Canadá, Suiza, y demás ponen sus empresas en nuestros países, para que la contaminación se quede aquí, y de este modo se trabaje la materia prima acá y ellos sólo se lleven el excedente económico. En esta lógica de razón metonímica,  hablar del Sur parece importante sólo por su relación con el Norte, pues no puede ser pensada fuera de esta totalidad.

Cuando se piensa en maneras distintas de vivir de muchos grupos, como los indígenas en México, se les piensa como singularidades de la lógica dominante del mundo “moderno”; estos grupos representan un estorbo para los proyectos de progreso y modernización, como son la construcción de minas y de exportación de materia prima. El Sur ha tomado importancia para grandes empresas transnacionales, sobre todo canadienses, que explotan minas en México y en otros países de Centroamérica y África. Las zonas de explotación minera en nuestro país son el contraste entre la miseria de muchos y la opulencia de pocos; la minería a cielo abierto hoy en día se proclama por ser segura tanto ambientalmente como para los trabajadores y las poblaciones aledañas. Sin embargo, a quienes se contrata como obreros para estos proyectos se les paga mal, y ellos, junto con sus familias, se enferman o mueren debido al cianuro, plomo, arsénico y de más químicos que se filtran a los mantos freáticos. Así pues, las mineras han demostrado llevarse la riqueza y traer pobreza. Otro de los conflictos que existe con las mineras y la población es el caso de Wirikuta y la minera First Majestic Silver Corp. Wirikuta es un territorio sagrado de los wixarikas, además de área natural protegida desde el año 2000, en donde el gobierno ha entregado concesiones mineras a empresas canadienses para explotar plata, lo cual ha contaminado manantiales sagrados con cianuro y otros metales pesados, además de que ha llevado a una sobre explotación de agua que difícilmente tendrá capacidad de recuperación. Este es sólo un ejemplo de la dicotomía que existe entre dos mundos, entre una cosmovisión indígena que busca respetar sus tierras sagradas mientras otra que pretende destruir todo para alcanzar riqueza económica.

En nuestras sociedades se tiene una monocultura del saber, pues todo lo que salga de los cánones del saber científico es invalidado; todo lo que sea asimétrico a la lógica de los países “desarrollados” y globalizados es inexistente, por tradicional, obsoleto, simple y subdesarrollado. Vivimos en una lógica de clasificación social: los “inferiores” somos insuperablemente inferiores, y necesitamos a los “superiores” para sumarnos al camino de modernidad y progreso. Pareciera que los países del Norte nos hacen un favor al hacer pactos con el Estado para tener proyectos modernizadores. Cuando llegan a México empresas transnacionales, ya sea automovilísticas, de alimentos, de minería o de siderúrgica, se piensa que estamos caminando hacia el progreso, y éste se mide con la cantidad de empresas que han migrado acá, y la cantidad de personas a las que han empleado y “sacado de la pobreza”. Sin embargo esto no es más que un velo que no permite ver la realidad, una realidad en donde se contaminan ríos, lagos y mantos freáticos, se talan bosques, se utiliza a la gente como mano de obra mal pagada, se genera enfermedad y sobre todo un abismo entre los que se llevan el excedente de producción, la riqueza, y los que se quedan aquí, más pobres e infelices que nunca. Lo local y lo particular queda invisibilidad frente a lo global y lo universal, en una lógica productivista en donde todo obedece al crecimiento económico, sin importar que a costa de esto se sobre explote a la naturaleza y al trabajo humano. Se busca que todo sea productivo, bajo una lógica que mercantiliza todo, que le pone una etiqueta de valor económico a los recursos naturales y a las personas.

Sin embargo el Sur,  el conocimiento tradicional, los indígenas y la mujer valen más allá de su relación con el opresor; son más que su sombra, que lo que queda de una relación jerarquizada, en donde el fuerte aplasta al débil para brillar. Existen alternativas a la hegemonía, y estas experiencias, que han sido ausencias ante los ojos de occidente, pueden ser convertidas en presencia, escapando de la dicotomía, para ser vistas como una totalidad. El Sur es más que un basurero y la base del proyecto modernizador del Norte; en él, y en todo el mundo, existen formas de vivir distintas a la hegemonía aplastante. Para poder ver estas experiencias parece importante expandir el futuro, determinado por el progreso; el futuro no está condenado a ser pasado, sino a ser una expansión del presente (dilatación). Esto implica una sociología de las emergencias, en donde se sustituya el vacío del futuro lineal por uno en donde existan posibilidades plurales, concretas y simultáneas a las ya existentes. Esto implica pensar en la totalidad inagotable del mundo, en donde se piense en un “No” y en un “Todavía no”, que carga consigo un “Todo” o un “Nada” latente. Según Bloch (2005), el “No” denota la falta de algo y la voluntad para superar esa falta, lo cual es distinto a “nada”; el “Todavía no” implica que ni existe en el vacío ni está determinado, es decir es una posibilidad latente, llena de incertidumbre; y finalmente esta latencia puede llevar a un “Nada”, que deriva en frustración, o en un “Todo”, que denota esperanza.

La sociología de las emergencias implica investigar alternativas con posibilidades concretas, ampliando así el presente en tanto se piensa en estas posibilidades y creando a su vez expectativas futuras. Al hacer evidentes cada vez más los saberes, prácticas y agentes que se están haciendo presentes a la par de la hegemonía, se maximiza la esperanza; es pues una ampliación simbólica, en donde se conocen las condiciones de posibilidad de la esperanza a la vez que se definen principios de acción que promuevan su realización. Así, ya no son alternativas disponibles sino posibles. Las expectativas modernas buscan el crecimiento económico y el progreso, además de un presente fugaz, mientras que las expectativas de las emergencias buscan la emancipación social y un presente denso y sustantivo.

Conocer las experiencias actuales muestran otro futuro; sólo hace falta fortalecerlas, creando vínculos entre ellas. Los problemas del posmodernismo ya no pueden ser desacreditados; y estas alternativas al desarrollo están demostrando que se puede vivir de otra manera. Así pues, las partes se convierten en totalidades, en donde no pueda existir una única teoría social que lo explique todo, reconociendo así el valor de la diversidad, superando la monocultura del saber científico por una ecología de los saberes (no todos ignoran todo y no todos lo saben todo), la monocultura del tiempo lineal  por una ecología de las temporalidades (ya no ver a los otros como atrasados, sino respetar el tiempo del campesino así como del ejecutivo del Banco Mundial), la lógica de la clasificación social por una ecología de los reconocimientos recíprocos (que el Sur sea más que su relación con el norte, la mujer más que su relación con el hombre…), la lógica de la escala global por la ecología de las transescalas (valorar lo local contra la globalización hegemónica), y finalmente la lógica productivista por una ecología de la productividad (revalorizando los sistemas alternativos de producción, como las cooperativas y los sistemas de economía social y solidaria). Para todo esto se necesita imaginación epistemológica y democrática, para ver a lo subalterno sin su relación de subordinado.

 

Referencias bibliográficas

De Sousa, B. (2006).  Conocer desde el Sur. Lima, Perú: Fondo Editorial de la Facultad de Ciencias Sociales.

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