Nuestro contexto actual está lleno de desafíos, algunos más locales y otros más globales; lo que es un hecho es que estos desafíos nos interpelan en todas las esferas de la vida. A pesar de que todo ha cambiado en el mundo, las escuelas parecen mantenerse iguales; mucho de lo que se aprende en la escuela parece que ya no tiene sentido, que se ha vuelto obsoleto. Ante estas cuestiones, parece pertinente hacernos las siguientes preguntas: ¿qué vale la pena aprender en el contexto actual?, ¿cómo se aprende en este contexto?, ¿qué tipo de escuelas proponemos de acuerdo al tipo de sociedad y nación que deseamos?

Una cuestión importante en nuestras sociedades es la globalización, que por un lado nos acercó a todo aquello que antes parecía lejano (ideas, personas, avances tecnológicos y científicos, etc.). Sin embargo, al mismo tiempo esta globalización ha generado que no puedan existir muchos mundos sino que se busque que solo exista uno. La sociedad neoliberal no permite el diálogo entre culturas, sino que busca una sola mirada, una misma manera de pensar, de trabajar, de relacionarnos con el otro. El hecho de estar pegados a los Estados Unidos, e importar la mayoría de sus productos, nos ha traído alimentos chatarra, maíz transgénico, desvalorizando lo que tenemos en nuestro país; poco se valora lo hecho en México, y el proyecto modernizador sólo nos ha convertido en un basurero para los países del primer mundo y en mano de obra barata. En ocasiones pudiera parecer confuso, pues tenemos avances en lo macro, en tecnología e información, sin embargo en nuestras relaciones como personas, en nuestra alimentación, en nuestra forma de vivir lo cotidiano parece no haber. Nuestro modo de vivir está llevando a una destrucción de la naturaleza y de las personas, que ante este sistema económico son vistos como mercancía.

No podemos decir que la vida de las comunidades indígenas sea la panacea, sin embargo hay muchas cosas que pudiéramos aprender de su manera de vivir, a través de un diálogo entre culturas que nos permitiera aprender recíprocamente y darnos cuenta que no existe una única y auténtica manera de vivir. Algo común entre las comunidades son los vínculos, el sentido de identidad que tienen y la manera en que se toman las decisiones. Respecto a la primera, los vínculos en la comunidad son muy importantes a través de las fiestas, de modo que todos se conocen; esto genera a su vez una identidad colectiva, un sentido de grupo; entre las personas se ayudan mutuamente a través de los tequios, por lo cual no es una cultura individualista, como pasa con la cultura occidental. Respecto a la última, en muchas de las comunidades existen consejos, en donde las decisiones importantes se toman no sólo por una persona sino con el consenso de todos. Muchos de los problemas de nuestra sociedad es que basamos nuestra vida en el valor material; nos fijamos en lo que hay en el exterior, en la ropa de marca, el celular, el coche; todo esto aturde lo que hay en el interior de las personas. Cuando esto es lo que más importa, las personas necesitarán robar ya no sólo para comer, sino para poder comprar accesorios de marca.

El problema de pobreza en México, y en el mundo, es muy complejo; no se trata de un problema individual sino como sociedad. En nuestro país, si se nace pobre existe un 80% de probabilidad de mantenerte en ese estado de pobreza. Es decir es muy condicionante, y es difícil “escapar” de esa situación. Un estudio demostró que a los hijos de los ricos les irá mejor económicamente, a pesar de haberse esforzarse muy poco, mientras que a los hijos de los pobres les irá peor, a pesar de haberse esforzado durante toda su vida. En otros países esta situación en distinta, como en Finlandia, en donde el hijo del conserje y de un empresario tienen las mismas posibilidades de asistir a la misma escuela, lo cual implica que el lugar de proveniencia no sea tan determinante para el futuro. El discurso que muchas veces escuchamos por parte del Estado de “échale ganas y te irá bien” es en buena medida falso, pues la voluntad de la persona no parece suficiente para luchar contra estructuras sociales y económicas que no permiten salir de la situación.

La escuela ha aparecido como la institución que salvará a todos de la situación de marginación, y redundará en mejores oportunidades. Sin embargo este discurso tampoco está siendo válido, pues sólo los que tienen dinero podrán acceder a una educación de calidad, y podrán llegar sin grandes obstáculos a obtener un título de educación superior. La escuela parece entonces que más bien está generando mayor desigualdad, entre los que pueden y los que no pueden. Todas las personas que no puedan acceder a instituciones educativas será más difícil que obtengan un buen empleo, y se enlistarán en las filas de comercio informal, en el mejor de los casos, o en el crimen, en el peor. Hoy en día es muy fácil reclutar a los jóvenes para que sean halcones, sicarios o hagan el trabajo “sucio” de las organizaciones del crimen organizado. En la película de Tierra de Cárteles, documental filmando en el estado de Michoacán, en donde se muestra el inicio de las autodefensas en México y el problema con el narcotráfico, hay una escena en la que están un grupo de hombres produciendo metanfetaminas; uno de ellos se dirige a la cámara y le dice al que está grabando: “si nosotros estuviéramos como ustedes, viajando por todo el mundo, no estaríamos haciendo esto… pero el hambre no se va a acabar, y el narcotráfico tampoco”. Somos pocos los que estamos en una situación privilegiada; sin embargo no sabemos lo que pasaría si estuviéramos del otro lado.

Los títulos universitarios ya no son una garantía; muchas veces gana más quien no estudió que quien tiene un doctorado. Las personas estudian y trabajan para tener dinero, y después gastarlo; sin embargo este estilo de vida lo que nos quita es tiempo, que es lo único que como seres humanos tenemos. Trabajar todo el tiempo no nos da tiempo para comer saludablemente, para dormir ocho horas, para estar con nuestra familia y amigos; parece que el dinero que tenemos será para pagar la factura que nos llegará de nuestro estilo de vida, lleno de enfermedad y de estrés, por comer latas de atún y por no dormir. En la escuela se podría aprender sobre alimentación, buena convivencia, aspectos que sirvan para la vida cotidiana, para los conflictos en nuestros contextos. No importan sólo los contenidos, las competencias a aprender, sino el modo de aprenderlas y lo que se puede hacer con ellas (y no sólo hablando de cosas prácticas, de escuelas técnicas, sino aprendizajes que reestructuren nuestras estructuras cognitivas y nos permitan ver el mundo de otra manera, de forma más crítica, consciente, amorosa, armoniosa).  Es difícil contestar las preguntas arriba planteadas, pero lo que es evidente es que no podemos seguir viviendo de la misma manera. Tal vez habría que empezar a buscar las respuestas en uno mismo, para comprender que no estamos perdidos.

 

Reflexión basada en conversatorio con alumnas de la licenciatura en Ciencias de la Educación

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