Nuestras sociedades se han constituido por ser patriarcales desde hace siglos, de modo que se ejerce un poder sobre las mujeres no sólo psicológico sino además social e institucional. Esto ha ido constituyendo el mundo en que vivimos de formas específicas, hasta el punto en que hemos llegado a una invisivilización simbólica de lo que significa ser mujer. Existen en el mundo algunas formas de sociedades matriarcales, las cuales no buscan el dominio sino más bien la ausencia de éste. No es el feminismo patriarcal, que busca llegar al poder e invisibilizar al género opuesto; sino más bien es la búsqueda de sociedades que no pretendan encontrar la vida en la guerra, en la destrucción, en la muerte, sino más bien en la creación, en la naturaleza, en la mujer.

Hoy en día estamos pasando por una crisis global, fruto de un modelo instaurado años atrás, pero que ha ido cogiendo fuerzas en los últimos años, convirtiéndose en un modelo hegemónico que busca aplastar otras formas de vida. Cuando se pensó, en el siglo pasado, en el proyecto modernizador y de progreso en el mundo, se creía que las ventajas que éste traería serían iguales para todos, de modo que los pobres pudieran salir de su situación de desventaja, y que los países tercermundistas podrían competir económicamente con los países más ricos. Sin embargo, estudios posteriores demostraron que en realidad la pobreza sólo seguía en aumento, y que el abismo de desigualdad cada vez se acrecentaba más. El Sur es la base del Norte, y lo ha sido desde tiempos de la colonia; la riqueza de los países hegemónicos no podría ser explicada sin comprender su relación con los países en desarrollo.

El sistema económico y social en que vivimos, y al cual contribuimos con nuestras prácticas cotidianas, nos ha convertido en civilizaciones alquímicas: creemos que todo debe ser cambiado, y que la vida es algo que siempre se puede mejorar. Hemos dejado de ser hombres y mujeres, para convertirnos en algo que se puede producir, quitando toda relación con lo natural. Esto necesariamente no es malo, y no es que se pretenda defender una especie de esencialismo; sin embargo, nuestro afán de querer cambiar y transformarlo todo, a nuestra comodidad como especie, y a velocidades mayores a las de los cambios en la naturaleza, ha producido una ruptura en el equilibro ambiental, generando una crisis que está poniendo en peligro nuestra existencia como especie.

Nuestra sociedad es una que niega la relación material, espiritual y mental que tenemos con la naturaleza. El ser humano ha construido máquinas destructoras, y nosotros mismos nos hemos convertido en una máquina igual. Esto ha provocado que el modo en que vivimos no sea sostenible; un modo que ya no da vida, sino que genera muere. El hombre ha visto a la guerra como un proceso productivo y creativo, a través de la ocupación de territorios, y a partir de destruir todo para tenerlo o para que sea mejor. Todo lo hemos convertido en una mercancía; para que algo valga, tiene que tener un valor económico, y no social ni ambiental.

No me atrevería a decir que toda esta destrucción se debe en sí al modo de dominar del género masculino; sin embargo es cierto que hemos estado dominadas por siglos por ellos, y que tal vez, por su incapacidad de dar vida, han buscado maneras de crear a partir de la destrucción. A pesar de esto, nosotras, las mujeres, también hemos caído en una especie de trampa: hemos buscando el poder queriendo hacer lo mismo que los hombres, y no a la inversa, buscando definirnos más allá de un espejo con el género opuesto. ¿Estamos negando lo que somos?, ¿existe algo esencial en el hecho de ser mujer (u hombre)?, ¿somos meramente una construcción cultural, y podemos negar cualquier vínculo con lo natural? Sin duda estas son preguntas difíciles de contestarnos, sin embargo algo que parece evidente es que para las mujeres nuestro ideal, en buena medida, ha sido el hombre: luchamos para ser como ellos, para vestir como ellos, para hacer lo mismo que ellos. A lo mejor con esto no estamos saliendo del patriarcado, sino sólo contribuyendo a él.

Sin duda hace falta recorrer mucho camino para alcanzar sociedades que dejen de ser patriarcales; y es difícil poder pensar en sociedades que no sean así, que no busquen la destrucción, la transformación de todo, la desvinculación con la Madre Tierra. No creo que la idea sea regresar a ser sociedades tradicionales, sin embargo urge un cambio en el modo de relacionarnos con la naturaleza, una relación que deje de ser destructiva. Pareciera en algunas ocasiones imposible escapar de la opresión que el sistema neoliberal y capitalista genera, y del modo en que constituye nuestras ideas y nos hace actuar de modos determinados. Sin embargo, cada vez surgen más alternativas a este desarrollo voraz en el mundo, pequeñas organizaciones y grupos emergentes que proponen un modo diferente de relacionarnos (con nosotros mismos, con los demás y con la naturaleza). Experiencias que muestran formas diferentes de comer, de pensar, de enseñar y de aprender, de economía, de relacionarnos, de sentir, de estar.

 

Referencias bibliográficas

Werlhof, C. (2015). ¡Madre Tierra o Muerte! Reflexiones para una Teoría Crítica del Patriarcado. Ciudad de México: Rebozo.

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