Desde hace tiempo que hemos escuchado que somos sociedades en desarrollo, tercermundistas, que estamos caminando hacia la modernización y hacia el progreso, buscando convertirnos en grandes civilizaciones industriales y tecnócratas. A mediados del siglo XX y después de la Segunda Guerra Mundial comenzaron en el mundo políticas públicas y se crearon instituciones (BM y FMI) que buscaban asistir a estos países “periféricos”, con el objetivo de erradicar la pobreza en el mundo y alcanzar sociedades más justas. La teoría de la modernización entonces pretendía formar sociedades felices, racionales y alejadas de las prácticas tradicionales, vistas como obsoletas; que al contrario, fueran sociedades avanzadas, industrializadas, urbanizadas, de producción masiva y de tecnificación de la agricultura, basadas en valores modernos en donde se realza la libertad.

Sin embargo, años después surgió la teoría de la dependencia, en donde académicos se dieron cuenta de que el proyecto modernizador no sería para todos, pues para el desarrollo de los primermundistas debía existir una dependencia con los tercermundistas, sobre todo en cuanto al acceso de recursos y mano de obra, en una relación de explotación social interna; no era pues por una condición de falta de capital, como se creía en un inicio. La modernización comenzó a fungir como un discurso para la producción cultural, social y económica en el tercermundo, como una estrategia de dominación en todas las esferas de la vida: económica, política, cultural, social y ontológica. Esta última es importante, pues este modelo de sociedad quizo responder de manera hegemónica el ethos del ser humano: ¿qué es el hombre?

La modernización creó un abismo entre los países periféricos y los centrales, y esto fue evidente con la crisis de la globalización. Como contra postura a la tendencia de modernización, surgieron nuevas ideas postdesarrollistas, que buscaban en primera instancia descentrar el desarrollo como un descriptor social de las sociedades, que las etiquetara por “marginadas” y “en vías de desarrollo” por países extranjeros; en segunda se trataba de un cuestionamiento de las prácticas del conocimiento del desarrollo, las cuales desvalorizaban todo conocimiento que no veniera de la academia, como es el caso de los saberes campesinos e indígenas. Y finalmente una crítica a las ideas de crecimiento, progreso y modernidad, buscando una alternativa a ese desarrollo.

Comenzó una efervescencia conceptual contra el pensamiento hegemónico. Estas alternativas al desarrollo buscaban romper con las bases ideológicas del desarrollo contemporáneo, para apelar a nuevas formas de pensar. Estas nuevas formas se basan  principalmente en la descolonización epistémica, las alternativas al desarrollo (Buen Vivir), una transición hacia el postexctractivismo ante la crisis del modelo civilizatorio y un pluriverso en donde exista la relacionalidad y “lo comunal”.

En cuanto al primer punto, se plantea la posibilidad de generar conocimiento más allá de la academia, de modo en que la gente se moviliza y establece nuevos espacios de conversación; la manera en que la generación de activistas jóvenes e intelectuales están entrando en escena. Por otro lado, se critica el crecimiento y el progreso que llevan a un incremento desmedido en el consumo material individual, y por el contrario se enalzan los saberes indígenas, los derechos de la naturaleza y la plurinacionalidad; de igual manera, se buscan alternativas conceptuales que den respuesta a las problemáticas que la modernización no sólo no ha podido resolver sino ha acrecentado.

El proyecto de progreso dejó a su paso una crisis global climática, alimentaria y de pobreza. Las nuevas alternativas buscan un nuevo proyecto de civilización, en donde cambie tanto el paradigma económico como el cultural, que permita que coexistan distintas concepciones de tiempo, ciudadanía, economía y naturaleza; en donde el concepto de civilización no sea homogeneizante y esencialista sino que sea negociado y siempre cambiante, de modo que la coexistencia de distintos modelos de sociedad sean posibles. México, y América Latina en general, sólo son subdesarrollados bajo los lentes de la civilización occidental; sin embargo existe en nuestra región una riqueza invaluable, tanto de recursos como de personas, que se ha desvalorizado frente a una occientalización forzada.

Caminar hacia sendas pluriétnicas y descolonizadoras permitiría cambiar el modo en que occidente opera sobre los países “periféricos”, de modo que se pueda recuperar el control de la producción tanto económica como cultural. La ciencia debe fungir como un aliado contra el autoritarismo, de modo que las visiones de los débiles no sean devaluadas. Estas alternativas están realzando el poder de los sistemas comunales, no sólo de los indígenas y campesinos sino de la sociedad en general, creando nuevos ámbitos de comunidad. Se trata de una forma fundamentalmente distinta de ver y organizar la vida, en donde el poder está en la colectividad.

Los “entramados comunitarios” se distinguen de las “coaliciones de corporaciones transnacionales” (Gutiérrez, R. En Escobar, 2014), pues en los primeros se respeta la multiplicidad de mundos en la vida humana, de los distintos pueblos en el mundo, viviendo en colaboración, respeto y reciprocidad. La segunda, por el contrario, basa sus relaciones en la acumulación del capital. Otra de las características importantes de esta nueva visión del mundo es la auto-organización encaminada a la construcción de formas de poder no estatales, en donde la sociedad se reorganice en base a autonomías locales y formas no capitalistas ni liberales. Se trata de sociedades en movimiento más que movimientos sociales, en donde el orden social ya no es impuesto por un Estado ajeno sino que coexisten formas propias y autónomas de gobierno.

La comunalidad es en sí misma una dimensión ontológica, pues permite repensar la relación campo-ciudad, la comida, el conocer, la economía, las maneras de relacionarnos, etc. Se trata de entramados antiguos y nuevos, en donde ya no prevalezca una ontología dualista en donde seamos sujetos viviendo en un mundo de objetos que pueden ser manipulados, y por tanto destruidos, libremente; en un mundo en donde tengamos un carácter separado de la naturaleza, de la alimentación, del otro, y que por lo tanto eso nos lleve a su irremediable destrucción. Por el contrario, se busca una ontología relacional, que nos lleve a ser seres conectados con otros seres y con la naturaleza. Sociedades en donde todo inter-exista, de modo que exista una continuidad entre el mundo biofísico, el humano y el supernatural. En esta forma de pensar no existirían los individuos sino sólo personas en relación.

Aunque aún no podemos hablar de un fin de la modernidad ni su proyecto en el mundo, y sobre todo en las “periferias”, es evidente que están surgiendo nuevas maneras de senti-pensar el mundo; formas que buscan alcanzar sociedades plurales, post-dualistas, en donde existan nuevas formas de ser, hacer y conocer. Aún estamos en una guerra con la globalización neoliberal, pero los pequeños cambios que se vislumbran  dan esperanza de que puede existir un mundo donde existan muchos mundos.

 

Referencias bibliográficas
Escobar, A. (2014). Sentipensar con la tierra. Nuevas lecdturas sobre desarrollo, territorio y diferencia. Medellín: Editorial Artes y Letras S.A.S.

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