La manera en que vivimos hoy en día como sociedades es insostenible. Nuestros patrones de consumo y de producción están terminando con los recursos de la Tierra, los cuales en algún momento se pensó que eran ilimitados, pero ahora se rectifica que tienen un límite y que sin ellos nuestra supervivencia como especie se vería en peligro. Además del impacto ambiental, el sistema económico capitalista  y neoliberal ha logrado una desintegración del tejido social, provocando con ello que cada vez más personas se sumen a las filas del empleo informal, en el mejor de los casos, o del desempleo, desembocando en miles de jóvenes que buscan refugio económico en el crimen organizado como su única salida.

Se nos ha hecho creer que la historia ya fue dada, escrita, prefabricada, y que por lo tanto soñar no es válido. El capitalismo posmoderno disuelve las alternativas, y concibe al ser humano como una simple máquina que está para obedecer y para hacer lo mismo una y otra vez, sin sentido alguno. Cuando miramos a nuestro al rededor y nos damos cuenta de todos los bienes materiales que poseemos, pocas veces pensamos en la línea de producción  que tuvo que existir para que el producto esté en nuestras manos (desde su extracción y fabricación hasta el transporte utilizado y los desechos que producirá.

No sólo pasa desapercibido el impacto ambiental que este consumismo tendrá, sino además el impacto social que hay detrás. En China y otros países de Asia, además de otros países (tercermundistas),  mucha de la población, sobretodo aquella proveniente del campo, se ha visto forzada a entrar a trabajos en donde les pagan muy poco y la explotación laboral es deshumanizante. Uno de los casos más conocidos es el de la empresa Foxconn, que fabrica a marcas como Apple, Nokia, Sony, etc., en donde decenas de trabajadores se han suicidado debido a las condiciones en las que se trabaja, además del aburrimiento que implica su trabajo por estar haciendo la misma labor mecánica (de ensamblaje de alguna parte del iPad, por ejemplo, una y otra vez).

Muchos de estos trabajadores, a pesar de fabricar iPads todos los días de su vida, jamás han visto una completa, y mucho menos la han usado. A pesar de la explotación laboral que viven estos trabajadores, renunciar no parece una opción, pues la empresa puede contratar fácilmente a alguien más que de igual manera tenga la necesidad económica; así pues,  las personas se ven forzadas a una autoadaptación impuesta por el mercado competitivo. La sobrespecialización en las tareas ha provocado que los trabajos sean restringidos y que se genere una división clara del trabajo. Además, hoy en día toda la producción está creada para su destrucción, y esta obsolescencia programada está teniendo un alto costo social y ecológico.

El capitalismo posmoderno ha llevado a las sociedades a no tener tiempo disponible para nada. Nos hemos convertido en esclavos del trabajo, en donde se produce para la ganancia y se trabaja para la sobrevivencia. Hemos supeditado la existencia misma a las actividades productivas, de modo que sintamos en todo momento que estamos “perdiendo el tiempo” cuando no estamos trabajando o en la escuela. El “tiempo libre” no debe ser lo que sobra, sino más bien lo que es esencial para el ser humano. Así pues, el “tiempo disponible” sería en primer lugar no disociar al trabajo del resto de las actividades humanas; y para ello será esencial no desposeerlo del sentido de su actividad. Viviendo de esta manera sería posible liberar las potencialidades de singularización tanto individual como colectiva.

La idea de hombre bajo la concepción del modelo neoliberal es que somos seres libres; sin embargo esta concepción  liberal-occidental niega las relaciones de interdependencia constitutivas de la persona, es decir no ve a los otros en el ejercicio personal de la libertad. No puede existir una ventaja individual duradera que no esté basada en obligaciones colectivamente asumidas; si uno decide arrogar residuos tóxicos en un cuerpo de agua, porque él o su empresa son libres de hacerlo, está actuando egoístamente, ignorando los vínculos interpersonales que lo constituyen como persona. Construir y preservar el bien común debe ser un acto de libertad individual, en donde el actuar cooperativo y el nosotros no se subordine al yo. La libertad implica obligaciones sociales, colectivas, y la contribución que como personas tengamos a lo común desembocará en nuestro propio florecimiento.

Un cambio verdadero implicaría cambios a nivel individual, colectivo y estructural. Un aspecto clave sería el privilegiar las actividades locales y evitar así las vueltas de producción, es decir tantos desplazamientos. En este sentido, el TLC, a pesar de las esperanzas que se tenía por ser parte del plan de modernización y progreso para México, no ha creado más que un abismo entre los pudientes y los desfavorecidos. Debido a esta política pública internacional, muchos productores locales y del campo no pueden competir con los productos de empresas transnacionales; las fronteras libres de aranceles sólo han acentuado la desigualdad y han generado una crisis económica en México en donde sólo una minoría estamos gozando del tan prometido progreso.

El cambio también puede ocurrir desde lo individual; hoy en día muchas personas se están volviendo consumidores responsables (por ejemplo en vez de consumir un café de Starbucks, que paga una miseria a los productores, optar por comprar en cafeterías locales, microempresas, basadas en una economía social y solidaria). También se requeriría un cambio en el que se privilegiaran las subjetividades cooperativas, en donde la ayuda mutua no se viera truncada debido a la prevalencia del egoísmo y del tiempo medido; en donde al ayudar o hacer algo por el otro no se esperara algo a cambio, pues esto, en un mundo posmoderno, ya no sería necesario, pues las relaciones se enmarcarían en una condición de cooperación general que al final beneficiarían a aquel que dio en un inicio (aunque no de formas cuantificables, pues sería regresar a lo mismo).

En el campo de la educación también se requerirían muchos cambios, pues esta institución reproduce, a fin de cuentas, el modelo de sociedad de explotación que la creó. Una educación desescolarizada para el buen vivir podría ser la solución, en donde se permitiera soñar, crear, imaginar; en donde no hubiera una desconexión entre la actividad intelectual y la manual, la cabeza y el cuerpo, el pensar y el sentir, y la teoría y la práctica. A fin de cuentas, se esboza un mundo en el que caben muchos mundos, como dijo el Sub Comandante Marcos; un lugar en donde no sea necesario triunfar y aplastar al otro para comprobar nuestra propia existencia como humanos.

 

Referencias bibliográficas

Baschet, J. (2015). Adiós al capitalismo. Argentina: Nuevos Emprendimientos Editoriales.

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