Sociología de las ausencias y de las emergencias

El mundo en que vivimos ha sido explicado a través de las mismas teorías y supuestos, de modo que tenemos una visión occidental sobre la gobernanza, los sistemas de producción y la economía, la propiedad intelectual, la naturaleza, las relaciones entre personas, etc. Sin embargo esta racionalidad, que ha sido impotente, arrogante, metonímica y proléptica, no permite ver otros modos de vivir, por tomar la parte por el todo. Esta razón ha determinado que el mundo es de cierta manera, y que no hay otra forma de ser, es decir ha planificado la historia, pues piensa que sabe todo del futuro; es una superación del tiempo lineal, que no permite nuevas construcciones.

El mundo en que vivimos está repleto de dicotomías jerarquizadas: hombre/mujer, occidente/oriente, blanco/negro, conocimiento científico/conocimiento tradicional, etc. Cuando la razón metonímica se asume como única, negando otras formas de existencia, las formas de vida en el mundo se ven homogéneas; el todo no permite ver las partes, las cuales a su vez no existen fuera de su relación con la totalidad, pues son sólo particularidades, cuyo referente es el todo. El todo ya no es la suma de las partes y más, sino es menos que la suma de las partes. Cuando hablamos de los países del Sur, de los países subdesarrollados, por ejemplo, sólo toman relevancia al tener como referencia a los países del Norte. Estos últimos utilizan los recursos naturales y a las personas  para su proyecto de progreso y modernización; existe entre ellos una relación de dependencia (sobre todo del Norte hacia el Sur), aunque ésta sea de destrucción.

El proyecto de modernización, industrialización y progreso que se instauró en el mundo desde el siglo pasado, ha requerido que los países del primer mundo utilicen a los “tercermundistas” como su basurero. Países como Alemania, Estados Unidos, Canadá, Suiza, y demás ponen sus empresas en nuestros países, para que la contaminación se quede aquí, y de este modo se trabaje la materia prima acá y ellos sólo se lleven el excedente económico. En esta lógica de razón metonímica,  hablar del Sur parece importante sólo por su relación con el Norte, pues no puede ser pensada fuera de esta totalidad.

Cuando se piensa en maneras distintas de vivir de muchos grupos, como los indígenas en México, se les piensa como singularidades de la lógica dominante del mundo “moderno”; estos grupos representan un estorbo para los proyectos de progreso y modernización, como son la construcción de minas y de exportación de materia prima. El Sur ha tomado importancia para grandes empresas transnacionales, sobre todo canadienses, que explotan minas en México y en otros países de Centroamérica y África. Las zonas de explotación minera en nuestro país son el contraste entre la miseria de muchos y la opulencia de pocos; la minería a cielo abierto hoy en día se proclama por ser segura tanto ambientalmente como para los trabajadores y las poblaciones aledañas. Sin embargo, a quienes se contrata como obreros para estos proyectos se les paga mal, y ellos, junto con sus familias, se enferman o mueren debido al cianuro, plomo, arsénico y de más químicos que se filtran a los mantos freáticos. Así pues, las mineras han demostrado llevarse la riqueza y traer pobreza. Otro de los conflictos que existe con las mineras y la población es el caso de Wirikuta y la minera First Majestic Silver Corp. Wirikuta es un territorio sagrado de los wixarikas, además de área natural protegida desde el año 2000, en donde el gobierno ha entregado concesiones mineras a empresas canadienses para explotar plata, lo cual ha contaminado manantiales sagrados con cianuro y otros metales pesados, además de que ha llevado a una sobre explotación de agua que difícilmente tendrá capacidad de recuperación. Este es sólo un ejemplo de la dicotomía que existe entre dos mundos, entre una cosmovisión indígena que busca respetar sus tierras sagradas mientras otra que pretende destruir todo para alcanzar riqueza económica.

En nuestras sociedades se tiene una monocultura del saber, pues todo lo que salga de los cánones del saber científico es invalidado; todo lo que sea asimétrico a la lógica de los países “desarrollados” y globalizados es inexistente, por tradicional, obsoleto, simple y subdesarrollado. Vivimos en una lógica de clasificación social: los “inferiores” somos insuperablemente inferiores, y necesitamos a los “superiores” para sumarnos al camino de modernidad y progreso. Pareciera que los países del Norte nos hacen un favor al hacer pactos con el Estado para tener proyectos modernizadores. Cuando llegan a México empresas transnacionales, ya sea automovilísticas, de alimentos, de minería o de siderúrgica, se piensa que estamos caminando hacia el progreso, y éste se mide con la cantidad de empresas que han migrado acá, y la cantidad de personas a las que han empleado y “sacado de la pobreza”. Sin embargo esto no es más que un velo que no permite ver la realidad, una realidad en donde se contaminan ríos, lagos y mantos freáticos, se talan bosques, se utiliza a la gente como mano de obra mal pagada, se genera enfermedad y sobre todo un abismo entre los que se llevan el excedente de producción, la riqueza, y los que se quedan aquí, más pobres e infelices que nunca. Lo local y lo particular queda invisibilidad frente a lo global y lo universal, en una lógica productivista en donde todo obedece al crecimiento económico, sin importar que a costa de esto se sobre explote a la naturaleza y al trabajo humano. Se busca que todo sea productivo, bajo una lógica que mercantiliza todo, que le pone una etiqueta de valor económico a los recursos naturales y a las personas.

Sin embargo el Sur,  el conocimiento tradicional, los indígenas y la mujer valen más allá de su relación con el opresor; son más que su sombra, que lo que queda de una relación jerarquizada, en donde el fuerte aplasta al débil para brillar. Existen alternativas a la hegemonía, y estas experiencias, que han sido ausencias ante los ojos de occidente, pueden ser convertidas en presencia, escapando de la dicotomía, para ser vistas como una totalidad. El Sur es más que un basurero y la base del proyecto modernizador del Norte; en él, y en todo el mundo, existen formas de vivir distintas a la hegemonía aplastante. Para poder ver estas experiencias parece importante expandir el futuro, determinado por el progreso; el futuro no está condenado a ser pasado, sino a ser una expansión del presente (dilatación). Esto implica una sociología de las emergencias, en donde se sustituya el vacío del futuro lineal por uno en donde existan posibilidades plurales, concretas y simultáneas a las ya existentes. Esto implica pensar en la totalidad inagotable del mundo, en donde se piense en un “No” y en un “Todavía no”, que carga consigo un “Todo” o un “Nada” latente. Según Bloch (2005), el “No” denota la falta de algo y la voluntad para superar esa falta, lo cual es distinto a “nada”; el “Todavía no” implica que ni existe en el vacío ni está determinado, es decir es una posibilidad latente, llena de incertidumbre; y finalmente esta latencia puede llevar a un “Nada”, que deriva en frustración, o en un “Todo”, que denota esperanza.

La sociología de las emergencias implica investigar alternativas con posibilidades concretas, ampliando así el presente en tanto se piensa en estas posibilidades y creando a su vez expectativas futuras. Al hacer evidentes cada vez más los saberes, prácticas y agentes que se están haciendo presentes a la par de la hegemonía, se maximiza la esperanza; es pues una ampliación simbólica, en donde se conocen las condiciones de posibilidad de la esperanza a la vez que se definen principios de acción que promuevan su realización. Así, ya no son alternativas disponibles sino posibles. Las expectativas modernas buscan el crecimiento económico y el progreso, además de un presente fugaz, mientras que las expectativas de las emergencias buscan la emancipación social y un presente denso y sustantivo.

Conocer las experiencias actuales muestran otro futuro; sólo hace falta fortalecerlas, creando vínculos entre ellas. Los problemas del posmodernismo ya no pueden ser desacreditados; y estas alternativas al desarrollo están demostrando que se puede vivir de otra manera. Así pues, las partes se convierten en totalidades, en donde no pueda existir una única teoría social que lo explique todo, reconociendo así el valor de la diversidad, superando la monocultura del saber científico por una ecología de los saberes (no todos ignoran todo y no todos lo saben todo), la monocultura del tiempo lineal  por una ecología de las temporalidades (ya no ver a los otros como atrasados, sino respetar el tiempo del campesino así como del ejecutivo del Banco Mundial), la lógica de la clasificación social por una ecología de los reconocimientos recíprocos (que el Sur sea más que su relación con el norte, la mujer más que su relación con el hombre…), la lógica de la escala global por la ecología de las transescalas (valorar lo local contra la globalización hegemónica), y finalmente la lógica productivista por una ecología de la productividad (revalorizando los sistemas alternativos de producción, como las cooperativas y los sistemas de economía social y solidaria). Para todo esto se necesita imaginación epistemológica y democrática, para ver a lo subalterno sin su relación de subordinado.

 

Referencias bibliográficas

De Sousa, B. (2006).  Conocer desde el Sur. Lima, Perú: Fondo Editorial de la Facultad de Ciencias Sociales.

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Conversatorio

Nuestro contexto actual está lleno de desafíos, algunos más locales y otros más globales; lo que es un hecho es que estos desafíos nos interpelan en todas las esferas de la vida. A pesar de que todo ha cambiado en el mundo, las escuelas parecen mantenerse iguales; mucho de lo que se aprende en la escuela parece que ya no tiene sentido, que se ha vuelto obsoleto. Ante estas cuestiones, parece pertinente hacernos las siguientes preguntas: ¿qué vale la pena aprender en el contexto actual?, ¿cómo se aprende en este contexto?, ¿qué tipo de escuelas proponemos de acuerdo al tipo de sociedad y nación que deseamos?

Una cuestión importante en nuestras sociedades es la globalización, que por un lado nos acercó a todo aquello que antes parecía lejano (ideas, personas, avances tecnológicos y científicos, etc.). Sin embargo, al mismo tiempo esta globalización ha generado que no puedan existir muchos mundos sino que se busque que solo exista uno. La sociedad neoliberal no permite el diálogo entre culturas, sino que busca una sola mirada, una misma manera de pensar, de trabajar, de relacionarnos con el otro. El hecho de estar pegados a los Estados Unidos, e importar la mayoría de sus productos, nos ha traído alimentos chatarra, maíz transgénico, desvalorizando lo que tenemos en nuestro país; poco se valora lo hecho en México, y el proyecto modernizador sólo nos ha convertido en un basurero para los países del primer mundo y en mano de obra barata. En ocasiones pudiera parecer confuso, pues tenemos avances en lo macro, en tecnología e información, sin embargo en nuestras relaciones como personas, en nuestra alimentación, en nuestra forma de vivir lo cotidiano parece no haber. Nuestro modo de vivir está llevando a una destrucción de la naturaleza y de las personas, que ante este sistema económico son vistos como mercancía.

No podemos decir que la vida de las comunidades indígenas sea la panacea, sin embargo hay muchas cosas que pudiéramos aprender de su manera de vivir, a través de un diálogo entre culturas que nos permitiera aprender recíprocamente y darnos cuenta que no existe una única y auténtica manera de vivir. Algo común entre las comunidades son los vínculos, el sentido de identidad que tienen y la manera en que se toman las decisiones. Respecto a la primera, los vínculos en la comunidad son muy importantes a través de las fiestas, de modo que todos se conocen; esto genera a su vez una identidad colectiva, un sentido de grupo; entre las personas se ayudan mutuamente a través de los tequios, por lo cual no es una cultura individualista, como pasa con la cultura occidental. Respecto a la última, en muchas de las comunidades existen consejos, en donde las decisiones importantes se toman no sólo por una persona sino con el consenso de todos. Muchos de los problemas de nuestra sociedad es que basamos nuestra vida en el valor material; nos fijamos en lo que hay en el exterior, en la ropa de marca, el celular, el coche; todo esto aturde lo que hay en el interior de las personas. Cuando esto es lo que más importa, las personas necesitarán robar ya no sólo para comer, sino para poder comprar accesorios de marca.

El problema de pobreza en México, y en el mundo, es muy complejo; no se trata de un problema individual sino como sociedad. En nuestro país, si se nace pobre existe un 80% de probabilidad de mantenerte en ese estado de pobreza. Es decir es muy condicionante, y es difícil “escapar” de esa situación. Un estudio demostró que a los hijos de los ricos les irá mejor económicamente, a pesar de haberse esforzarse muy poco, mientras que a los hijos de los pobres les irá peor, a pesar de haberse esforzado durante toda su vida. En otros países esta situación en distinta, como en Finlandia, en donde el hijo del conserje y de un empresario tienen las mismas posibilidades de asistir a la misma escuela, lo cual implica que el lugar de proveniencia no sea tan determinante para el futuro. El discurso que muchas veces escuchamos por parte del Estado de “échale ganas y te irá bien” es en buena medida falso, pues la voluntad de la persona no parece suficiente para luchar contra estructuras sociales y económicas que no permiten salir de la situación.

La escuela ha aparecido como la institución que salvará a todos de la situación de marginación, y redundará en mejores oportunidades. Sin embargo este discurso tampoco está siendo válido, pues sólo los que tienen dinero podrán acceder a una educación de calidad, y podrán llegar sin grandes obstáculos a obtener un título de educación superior. La escuela parece entonces que más bien está generando mayor desigualdad, entre los que pueden y los que no pueden. Todas las personas que no puedan acceder a instituciones educativas será más difícil que obtengan un buen empleo, y se enlistarán en las filas de comercio informal, en el mejor de los casos, o en el crimen, en el peor. Hoy en día es muy fácil reclutar a los jóvenes para que sean halcones, sicarios o hagan el trabajo “sucio” de las organizaciones del crimen organizado. En la película de Tierra de Cárteles, documental filmando en el estado de Michoacán, en donde se muestra el inicio de las autodefensas en México y el problema con el narcotráfico, hay una escena en la que están un grupo de hombres produciendo metanfetaminas; uno de ellos se dirige a la cámara y le dice al que está grabando: “si nosotros estuviéramos como ustedes, viajando por todo el mundo, no estaríamos haciendo esto… pero el hambre no se va a acabar, y el narcotráfico tampoco”. Somos pocos los que estamos en una situación privilegiada; sin embargo no sabemos lo que pasaría si estuviéramos del otro lado.

Los títulos universitarios ya no son una garantía; muchas veces gana más quien no estudió que quien tiene un doctorado. Las personas estudian y trabajan para tener dinero, y después gastarlo; sin embargo este estilo de vida lo que nos quita es tiempo, que es lo único que como seres humanos tenemos. Trabajar todo el tiempo no nos da tiempo para comer saludablemente, para dormir ocho horas, para estar con nuestra familia y amigos; parece que el dinero que tenemos será para pagar la factura que nos llegará de nuestro estilo de vida, lleno de enfermedad y de estrés, por comer latas de atún y por no dormir. En la escuela se podría aprender sobre alimentación, buena convivencia, aspectos que sirvan para la vida cotidiana, para los conflictos en nuestros contextos. No importan sólo los contenidos, las competencias a aprender, sino el modo de aprenderlas y lo que se puede hacer con ellas (y no sólo hablando de cosas prácticas, de escuelas técnicas, sino aprendizajes que reestructuren nuestras estructuras cognitivas y nos permitan ver el mundo de otra manera, de forma más crítica, consciente, amorosa, armoniosa).  Es difícil contestar las preguntas arriba planteadas, pero lo que es evidente es que no podemos seguir viviendo de la misma manera. Tal vez habría que empezar a buscar las respuestas en uno mismo, para comprender que no estamos perdidos.

 

Reflexión basada en conversatorio con alumnas de la licenciatura en Ciencias de la Educación

Madre Tierra o muerte

Nuestras sociedades se han constituido por ser patriarcales desde hace siglos, de modo que se ejerce un poder sobre las mujeres no sólo psicológico sino además social e institucional. Esto ha ido constituyendo el mundo en que vivimos de formas específicas, hasta el punto en que hemos llegado a una invisivilización simbólica de lo que significa ser mujer. Existen en el mundo algunas formas de sociedades matriarcales, las cuales no buscan el dominio sino más bien la ausencia de éste. No es el feminismo patriarcal, que busca llegar al poder e invisibilizar al género opuesto; sino más bien es la búsqueda de sociedades que no pretendan encontrar la vida en la guerra, en la destrucción, en la muerte, sino más bien en la creación, en la naturaleza, en la mujer.

Hoy en día estamos pasando por una crisis global, fruto de un modelo instaurado años atrás, pero que ha ido cogiendo fuerzas en los últimos años, convirtiéndose en un modelo hegemónico que busca aplastar otras formas de vida. Cuando se pensó, en el siglo pasado, en el proyecto modernizador y de progreso en el mundo, se creía que las ventajas que éste traería serían iguales para todos, de modo que los pobres pudieran salir de su situación de desventaja, y que los países tercermundistas podrían competir económicamente con los países más ricos. Sin embargo, estudios posteriores demostraron que en realidad la pobreza sólo seguía en aumento, y que el abismo de desigualdad cada vez se acrecentaba más. El Sur es la base del Norte, y lo ha sido desde tiempos de la colonia; la riqueza de los países hegemónicos no podría ser explicada sin comprender su relación con los países en desarrollo.

El sistema económico y social en que vivimos, y al cual contribuimos con nuestras prácticas cotidianas, nos ha convertido en civilizaciones alquímicas: creemos que todo debe ser cambiado, y que la vida es algo que siempre se puede mejorar. Hemos dejado de ser hombres y mujeres, para convertirnos en algo que se puede producir, quitando toda relación con lo natural. Esto necesariamente no es malo, y no es que se pretenda defender una especie de esencialismo; sin embargo, nuestro afán de querer cambiar y transformarlo todo, a nuestra comodidad como especie, y a velocidades mayores a las de los cambios en la naturaleza, ha producido una ruptura en el equilibro ambiental, generando una crisis que está poniendo en peligro nuestra existencia como especie.

Nuestra sociedad es una que niega la relación material, espiritual y mental que tenemos con la naturaleza. El ser humano ha construido máquinas destructoras, y nosotros mismos nos hemos convertido en una máquina igual. Esto ha provocado que el modo en que vivimos no sea sostenible; un modo que ya no da vida, sino que genera muere. El hombre ha visto a la guerra como un proceso productivo y creativo, a través de la ocupación de territorios, y a partir de destruir todo para tenerlo o para que sea mejor. Todo lo hemos convertido en una mercancía; para que algo valga, tiene que tener un valor económico, y no social ni ambiental.

No me atrevería a decir que toda esta destrucción se debe en sí al modo de dominar del género masculino; sin embargo es cierto que hemos estado dominadas por siglos por ellos, y que tal vez, por su incapacidad de dar vida, han buscado maneras de crear a partir de la destrucción. A pesar de esto, nosotras, las mujeres, también hemos caído en una especie de trampa: hemos buscando el poder queriendo hacer lo mismo que los hombres, y no a la inversa, buscando definirnos más allá de un espejo con el género opuesto. ¿Estamos negando lo que somos?, ¿existe algo esencial en el hecho de ser mujer (u hombre)?, ¿somos meramente una construcción cultural, y podemos negar cualquier vínculo con lo natural? Sin duda estas son preguntas difíciles de contestarnos, sin embargo algo que parece evidente es que para las mujeres nuestro ideal, en buena medida, ha sido el hombre: luchamos para ser como ellos, para vestir como ellos, para hacer lo mismo que ellos. A lo mejor con esto no estamos saliendo del patriarcado, sino sólo contribuyendo a él.

Sin duda hace falta recorrer mucho camino para alcanzar sociedades que dejen de ser patriarcales; y es difícil poder pensar en sociedades que no sean así, que no busquen la destrucción, la transformación de todo, la desvinculación con la Madre Tierra. No creo que la idea sea regresar a ser sociedades tradicionales, sin embargo urge un cambio en el modo de relacionarnos con la naturaleza, una relación que deje de ser destructiva. Pareciera en algunas ocasiones imposible escapar de la opresión que el sistema neoliberal y capitalista genera, y del modo en que constituye nuestras ideas y nos hace actuar de modos determinados. Sin embargo, cada vez surgen más alternativas a este desarrollo voraz en el mundo, pequeñas organizaciones y grupos emergentes que proponen un modo diferente de relacionarnos (con nosotros mismos, con los demás y con la naturaleza). Experiencias que muestran formas diferentes de comer, de pensar, de enseñar y de aprender, de economía, de relacionarnos, de sentir, de estar.

 

Referencias bibliográficas

Werlhof, C. (2015). ¡Madre Tierra o Muerte! Reflexiones para una Teoría Crítica del Patriarcado. Ciudad de México: Rebozo.

Buscando nuevas formas de vivir

Desde hace tiempo que hemos escuchado que somos sociedades en desarrollo, tercermundistas, que estamos caminando hacia la modernización y hacia el progreso, buscando convertirnos en grandes civilizaciones industriales y tecnócratas. A mediados del siglo XX y después de la Segunda Guerra Mundial comenzaron en el mundo políticas públicas y se crearon instituciones (BM y FMI) que buscaban asistir a estos países “periféricos”, con el objetivo de erradicar la pobreza en el mundo y alcanzar sociedades más justas. La teoría de la modernización entonces pretendía formar sociedades felices, racionales y alejadas de las prácticas tradicionales, vistas como obsoletas; que al contrario, fueran sociedades avanzadas, industrializadas, urbanizadas, de producción masiva y de tecnificación de la agricultura, basadas en valores modernos en donde se realza la libertad.

Sin embargo, años después surgió la teoría de la dependencia, en donde académicos se dieron cuenta de que el proyecto modernizador no sería para todos, pues para el desarrollo de los primermundistas debía existir una dependencia con los tercermundistas, sobre todo en cuanto al acceso de recursos y mano de obra, en una relación de explotación social interna; no era pues por una condición de falta de capital, como se creía en un inicio. La modernización comenzó a fungir como un discurso para la producción cultural, social y económica en el tercermundo, como una estrategia de dominación en todas las esferas de la vida: económica, política, cultural, social y ontológica. Esta última es importante, pues este modelo de sociedad quizo responder de manera hegemónica el ethos del ser humano: ¿qué es el hombre?

La modernización creó un abismo entre los países periféricos y los centrales, y esto fue evidente con la crisis de la globalización. Como contra postura a la tendencia de modernización, surgieron nuevas ideas postdesarrollistas, que buscaban en primera instancia descentrar el desarrollo como un descriptor social de las sociedades, que las etiquetara por “marginadas” y “en vías de desarrollo” por países extranjeros; en segunda se trataba de un cuestionamiento de las prácticas del conocimiento del desarrollo, las cuales desvalorizaban todo conocimiento que no veniera de la academia, como es el caso de los saberes campesinos e indígenas. Y finalmente una crítica a las ideas de crecimiento, progreso y modernidad, buscando una alternativa a ese desarrollo.

Comenzó una efervescencia conceptual contra el pensamiento hegemónico. Estas alternativas al desarrollo buscaban romper con las bases ideológicas del desarrollo contemporáneo, para apelar a nuevas formas de pensar. Estas nuevas formas se basan  principalmente en la descolonización epistémica, las alternativas al desarrollo (Buen Vivir), una transición hacia el postexctractivismo ante la crisis del modelo civilizatorio y un pluriverso en donde exista la relacionalidad y “lo comunal”.

En cuanto al primer punto, se plantea la posibilidad de generar conocimiento más allá de la academia, de modo en que la gente se moviliza y establece nuevos espacios de conversación; la manera en que la generación de activistas jóvenes e intelectuales están entrando en escena. Por otro lado, se critica el crecimiento y el progreso que llevan a un incremento desmedido en el consumo material individual, y por el contrario se enalzan los saberes indígenas, los derechos de la naturaleza y la plurinacionalidad; de igual manera, se buscan alternativas conceptuales que den respuesta a las problemáticas que la modernización no sólo no ha podido resolver sino ha acrecentado.

El proyecto de progreso dejó a su paso una crisis global climática, alimentaria y de pobreza. Las nuevas alternativas buscan un nuevo proyecto de civilización, en donde cambie tanto el paradigma económico como el cultural, que permita que coexistan distintas concepciones de tiempo, ciudadanía, economía y naturaleza; en donde el concepto de civilización no sea homogeneizante y esencialista sino que sea negociado y siempre cambiante, de modo que la coexistencia de distintos modelos de sociedad sean posibles. México, y América Latina en general, sólo son subdesarrollados bajo los lentes de la civilización occidental; sin embargo existe en nuestra región una riqueza invaluable, tanto de recursos como de personas, que se ha desvalorizado frente a una occientalización forzada.

Caminar hacia sendas pluriétnicas y descolonizadoras permitiría cambiar el modo en que occidente opera sobre los países “periféricos”, de modo que se pueda recuperar el control de la producción tanto económica como cultural. La ciencia debe fungir como un aliado contra el autoritarismo, de modo que las visiones de los débiles no sean devaluadas. Estas alternativas están realzando el poder de los sistemas comunales, no sólo de los indígenas y campesinos sino de la sociedad en general, creando nuevos ámbitos de comunidad. Se trata de una forma fundamentalmente distinta de ver y organizar la vida, en donde el poder está en la colectividad.

Los “entramados comunitarios” se distinguen de las “coaliciones de corporaciones transnacionales” (Gutiérrez, R. En Escobar, 2014), pues en los primeros se respeta la multiplicidad de mundos en la vida humana, de los distintos pueblos en el mundo, viviendo en colaboración, respeto y reciprocidad. La segunda, por el contrario, basa sus relaciones en la acumulación del capital. Otra de las características importantes de esta nueva visión del mundo es la auto-organización encaminada a la construcción de formas de poder no estatales, en donde la sociedad se reorganice en base a autonomías locales y formas no capitalistas ni liberales. Se trata de sociedades en movimiento más que movimientos sociales, en donde el orden social ya no es impuesto por un Estado ajeno sino que coexisten formas propias y autónomas de gobierno.

La comunalidad es en sí misma una dimensión ontológica, pues permite repensar la relación campo-ciudad, la comida, el conocer, la economía, las maneras de relacionarnos, etc. Se trata de entramados antiguos y nuevos, en donde ya no prevalezca una ontología dualista en donde seamos sujetos viviendo en un mundo de objetos que pueden ser manipulados, y por tanto destruidos, libremente; en un mundo en donde tengamos un carácter separado de la naturaleza, de la alimentación, del otro, y que por lo tanto eso nos lleve a su irremediable destrucción. Por el contrario, se busca una ontología relacional, que nos lleve a ser seres conectados con otros seres y con la naturaleza. Sociedades en donde todo inter-exista, de modo que exista una continuidad entre el mundo biofísico, el humano y el supernatural. En esta forma de pensar no existirían los individuos sino sólo personas en relación.

Aunque aún no podemos hablar de un fin de la modernidad ni su proyecto en el mundo, y sobre todo en las “periferias”, es evidente que están surgiendo nuevas maneras de senti-pensar el mundo; formas que buscan alcanzar sociedades plurales, post-dualistas, en donde existan nuevas formas de ser, hacer y conocer. Aún estamos en una guerra con la globalización neoliberal, pero los pequeños cambios que se vislumbran  dan esperanza de que puede existir un mundo donde existan muchos mundos.

 

Referencias bibliográficas
Escobar, A. (2014). Sentipensar con la tierra. Nuevas lecdturas sobre desarrollo, territorio y diferencia. Medellín: Editorial Artes y Letras S.A.S.

¿Un adiós al capitalismo?

La manera en que vivimos hoy en día como sociedades es insostenible. Nuestros patrones de consumo y de producción están terminando con los recursos de la Tierra, los cuales en algún momento se pensó que eran ilimitados, pero ahora se rectifica que tienen un límite y que sin ellos nuestra supervivencia como especie se vería en peligro. Además del impacto ambiental, el sistema económico capitalista  y neoliberal ha logrado una desintegración del tejido social, provocando con ello que cada vez más personas se sumen a las filas del empleo informal, en el mejor de los casos, o del desempleo, desembocando en miles de jóvenes que buscan refugio económico en el crimen organizado como su única salida.

Se nos ha hecho creer que la historia ya fue dada, escrita, prefabricada, y que por lo tanto soñar no es válido. El capitalismo posmoderno disuelve las alternativas, y concibe al ser humano como una simple máquina que está para obedecer y para hacer lo mismo una y otra vez, sin sentido alguno. Cuando miramos a nuestro al rededor y nos damos cuenta de todos los bienes materiales que poseemos, pocas veces pensamos en la línea de producción  que tuvo que existir para que el producto esté en nuestras manos (desde su extracción y fabricación hasta el transporte utilizado y los desechos que producirá.

No sólo pasa desapercibido el impacto ambiental que este consumismo tendrá, sino además el impacto social que hay detrás. En China y otros países de Asia, además de otros países (tercermundistas),  mucha de la población, sobretodo aquella proveniente del campo, se ha visto forzada a entrar a trabajos en donde les pagan muy poco y la explotación laboral es deshumanizante. Uno de los casos más conocidos es el de la empresa Foxconn, que fabrica a marcas como Apple, Nokia, Sony, etc., en donde decenas de trabajadores se han suicidado debido a las condiciones en las que se trabaja, además del aburrimiento que implica su trabajo por estar haciendo la misma labor mecánica (de ensamblaje de alguna parte del iPad, por ejemplo, una y otra vez).

Muchos de estos trabajadores, a pesar de fabricar iPads todos los días de su vida, jamás han visto una completa, y mucho menos la han usado. A pesar de la explotación laboral que viven estos trabajadores, renunciar no parece una opción, pues la empresa puede contratar fácilmente a alguien más que de igual manera tenga la necesidad económica; así pues,  las personas se ven forzadas a una autoadaptación impuesta por el mercado competitivo. La sobrespecialización en las tareas ha provocado que los trabajos sean restringidos y que se genere una división clara del trabajo. Además, hoy en día toda la producción está creada para su destrucción, y esta obsolescencia programada está teniendo un alto costo social y ecológico.

El capitalismo posmoderno ha llevado a las sociedades a no tener tiempo disponible para nada. Nos hemos convertido en esclavos del trabajo, en donde se produce para la ganancia y se trabaja para la sobrevivencia. Hemos supeditado la existencia misma a las actividades productivas, de modo que sintamos en todo momento que estamos “perdiendo el tiempo” cuando no estamos trabajando o en la escuela. El “tiempo libre” no debe ser lo que sobra, sino más bien lo que es esencial para el ser humano. Así pues, el “tiempo disponible” sería en primer lugar no disociar al trabajo del resto de las actividades humanas; y para ello será esencial no desposeerlo del sentido de su actividad. Viviendo de esta manera sería posible liberar las potencialidades de singularización tanto individual como colectiva.

La idea de hombre bajo la concepción del modelo neoliberal es que somos seres libres; sin embargo esta concepción  liberal-occidental niega las relaciones de interdependencia constitutivas de la persona, es decir no ve a los otros en el ejercicio personal de la libertad. No puede existir una ventaja individual duradera que no esté basada en obligaciones colectivamente asumidas; si uno decide arrogar residuos tóxicos en un cuerpo de agua, porque él o su empresa son libres de hacerlo, está actuando egoístamente, ignorando los vínculos interpersonales que lo constituyen como persona. Construir y preservar el bien común debe ser un acto de libertad individual, en donde el actuar cooperativo y el nosotros no se subordine al yo. La libertad implica obligaciones sociales, colectivas, y la contribución que como personas tengamos a lo común desembocará en nuestro propio florecimiento.

Un cambio verdadero implicaría cambios a nivel individual, colectivo y estructural. Un aspecto clave sería el privilegiar las actividades locales y evitar así las vueltas de producción, es decir tantos desplazamientos. En este sentido, el TLC, a pesar de las esperanzas que se tenía por ser parte del plan de modernización y progreso para México, no ha creado más que un abismo entre los pudientes y los desfavorecidos. Debido a esta política pública internacional, muchos productores locales y del campo no pueden competir con los productos de empresas transnacionales; las fronteras libres de aranceles sólo han acentuado la desigualdad y han generado una crisis económica en México en donde sólo una minoría estamos gozando del tan prometido progreso.

El cambio también puede ocurrir desde lo individual; hoy en día muchas personas se están volviendo consumidores responsables (por ejemplo en vez de consumir un café de Starbucks, que paga una miseria a los productores, optar por comprar en cafeterías locales, microempresas, basadas en una economía social y solidaria). También se requeriría un cambio en el que se privilegiaran las subjetividades cooperativas, en donde la ayuda mutua no se viera truncada debido a la prevalencia del egoísmo y del tiempo medido; en donde al ayudar o hacer algo por el otro no se esperara algo a cambio, pues esto, en un mundo posmoderno, ya no sería necesario, pues las relaciones se enmarcarían en una condición de cooperación general que al final beneficiarían a aquel que dio en un inicio (aunque no de formas cuantificables, pues sería regresar a lo mismo).

En el campo de la educación también se requerirían muchos cambios, pues esta institución reproduce, a fin de cuentas, el modelo de sociedad de explotación que la creó. Una educación desescolarizada para el buen vivir podría ser la solución, en donde se permitiera soñar, crear, imaginar; en donde no hubiera una desconexión entre la actividad intelectual y la manual, la cabeza y el cuerpo, el pensar y el sentir, y la teoría y la práctica. A fin de cuentas, se esboza un mundo en el que caben muchos mundos, como dijo el Sub Comandante Marcos; un lugar en donde no sea necesario triunfar y aplastar al otro para comprobar nuestra propia existencia como humanos.

 

Referencias bibliográficas

Baschet, J. (2015). Adiós al capitalismo. Argentina: Nuevos Emprendimientos Editoriales.

Enredados

Ana Laura Cerna Fraga

04-10-16

 

¿POR QUÉ YO ESTOY AQUÍ CON LAS COSAS CON LAS QUE ESTOY?

Desde hace miles de años nos hemos ido constituyendo hasta llegar a ser el tipo de sociedades que somos hoy en día. Las acciones que fueron tomando grupos en el pasado hoy día nos constituyen de maneras particulares, y determina las actividades y el modo en que vivimos como humanidad. Las ciudades y su arquitectura son un modo de descifrar cómo se vivía antes, y de igual manera de describir nuestras actuales sociedades.

El libro de Entangled: An Archaeology of the Relationship between Humans and Things de Hodder, I. Habla sobre los vestigios de Gobekli y Catalhoyuc, ciudades antiguas en donde se han realizado excavaciones con el fin de encontrar cómo se fueron constituyendo las relaciones entre los humanos y la perspectiva que tenían de las cosas.

Una de las preguntas que ha estado presente es el modo en que las sociedades actuales se fueron formando. Antes del 10,000 b.C. los grupos humanos eran nómadas, y no fue hasta este año en que se empezaron a hacer aglomeraciones, debido a que comenzó la domesticación de plantas y animales, lo que les permitió tener mayor control sobre su entorno y además la obtención de un excedente. La intensificación del uso de los recursos del ambiente permitió que los grupos humanos pudieran establecerse durante más tiempo en los sitios a los que llegaban y a la capacidad de poder tener pertenencias.

El proceso de establecimiento de los grupos humanos fue un proceso lento, en el que la agricultura representa un parteaguas en la forma de vivir. Las organizaciones colectivas, las cuales con el tiempo fueron creciendo y permaneciendo en un lugar por más tiempo, como Gobekli, construyeron monumentos y fueron creando comunidad a partir de los rituales que realizaban; por lo tanto el factor económico no es el único que impulsó la creación de ciudades (por supuesto no como las conocemos actualmente) sino la necesidad de crear vínculos emocionales y sociales a partir de rituales. Las estelas que construían contenían elementos de la vida humana: violencia, muerte, sexo; expresaban criaturas mitológicas y animales humanoides, algunos sin cabeza.

Catalhoyuk fue fundada en el 7,000 b.C., y se encuentra, al igual que Gobekli, en la región de Anatolia Central. Aunque no era un centro de rituales ni contenía edificios públicos, como el anterior, es otro ejemplo de grupos humanos relativamente grandes que se establecieron por un periodo largo de tiempo. Las casas ahí tenían una característica muy particular, pues se encontraban muy pegadas las unas a las otras lo cual no permitía que existieran calles; las personas se movían en los techos y para entrar a las casas existían escaleras descendentes.

Una de sus características más relevantes es que dentro de las casas se realizaban actividades domésticas, alrededor de chimeneas y de la estufa. El interés que tenían por los animales era simbólico, pues tenían cráneos de bueyes a pesar de que en el momento aún no eran domesticados. Guardaban además colmillos, garras y dientes dentro de la casa; estos símbolos se encontraban en distintos hogares, lo cual generaba un vínculo entre las casas. Las pinturas demuestran cómo tenían rituales en donde molestaban a los animales, después los mataban y finalmente se hacía un festín; estos rituales colectivos en torno a animales salvajes creaba una red entre ellos pues era una actividad en conjunto y que generaba pertenencia.

Otro de los objetos que los conectaba eran los cráneos de las personas. Cuando alguien moría era enterrado debajo de las casas; sin embargo se encontró que algunas de éstas tenían hasta 60 cadáveres, mientras que otras no tenían ninguno. La explicación es que las personas enterraban cadáveres en las casas de otros, lo cual denota que se trataba de una sociedad con familias nucleares extendidas; personas enterradas en la misma casa podían no tener ningún vínculo genético. Cuando un niño nacía no necesariamente se quedaba con sus padres biológicos sino que era distribuido a otras familias. Algo que las unía eran las redes de apoyo que fueron formando en caso de tener dificultades (de víveres, de vivienda, etc.). Esta característica permitió que existiera mayor conformidad y generó reglas sociales para organizarse.

Tiempo después de que la persona moría y era enterrada se excavaba para quitarle el cráneo, el cual podía ser distribuido a otra casa, pintarse o servir como soporte para la construcción de casas. Las partes del cuerpo (brazos, piernas, cráneos, etc.) circulando por toda la comunidad permitió que se generaran redes basadas en este culto particular. Los rituales colectivos, como el de molestar y hacer un festín con los animales matados, permitía crear memoria de estos eventos. La agricultura permitió tener una concepción distinta del tiempo, de mayor profundidad, pues la recompensa de producción no era instantánea, como en la caza en donde sólo se come y no hay ninguna actividad que los mantenga juntos. Al momento de plantar en el proceso de la agricultura, es necesario labrar la tierra juntos, como equipo, como comunidad.

Es así como los humanos se van enmarañando en más y más actividades, en relaciones a largo plazo. Es por ello que nosotros estamos enredados con lo que pasó hace miles de años, con prácticas que modificaron el modo de vivir de los humanos, hasta el punto de crear comunidades en donde los individuos dependen unos de otros.

 

Referencias bibliográficas

Hodder, I. (2012). Entangled: An Archaeology of the Relationships between Humans and Things (p. 264). Wiley-Blackwell. Retrieved from http://www.amazon.com/Entangled-Archaeology-Relationships-between-Humans/dp/0470672129

 

Psicopolítica

Solemos pensar que somos libres, que tenemos la capacidad de pensar por nosotros mismos, de fijar nuestras metas y anhelos de acuerdo a nuestra subjetividad. No estamos supeditados a ninguna soberanía, ni somos explotados directamente por nadie. Parece que nuestro cuerpo es libre, y que actuamos con él de manera voluntaria. Sin embargo, en realidad nos hemos vuelto esclavos absolutos que nos sobre explotamos a nosotros mismos. Nos explotamos a través de esa libertad de la que gozamos, de modo que no hay necesidad de hacer uso de la fuerza externa para que nos sometan. Esta libertad individual, aislada, es esclava del capital; en realidad nosotros no somos libres; sólo el capital es libre. Cuando ya no existe la distinción entre explotadores y explotados, no hay manera de crear una posible revolución social, ni un “nosotros político” que lleve a la acción común; ya no somos sujetos revolucionarios sino explotados. Lo que Marx anhelaba con su lucha del proletariado, con la resistencia al sistema y la lucha de clases, parece que se invalida debido al aislamiento.

Parece que ya no trabajamos para nuestras necesidades sino para el capital, y este capital está generando sus propias necesidades. Es decir, el fin de nuestra vida es extrínseco, por ello sentimos una sed insaciable: sin importar todo lo que consumamos nos seguimos sintiendo vacíos, porque todo está en el exterior. El capital es nuestro Dios, y todo lo que hacemos es para poder consumir; vivimos y trabajamos para satisfacer necesidades que hemos creado, y para poder gastar en objetos que creemos imprescindibles. Facebook sabe la publicidad que será idónea para cada persona pues  usa la información que nosotros le damos voluntariamente; somos sociedades transparentes, que ya no necesitan ser vigiladas ni torturadas para obtener información. Es pues una vigilancia pasiva pero con un control activo; este Big Data es un instrumento psicopolítico, que permite obtener información de la nueva sociedad de la comunicación sin necesidad de la fuerza coercitiva.

El poder contra nosotros ya no es disciplinario, normativo, ni tiene prohibiciones ni vuelve dócil  al cuerpo para hacerlo mecánico, automatizado. Ya no es un animal productivo que se mueve bajo cuatro paredes, limitando su productividad; el poder ya no es coercitivo y la libertad ya no se limita. Por el contrario, en la sociedad neoliberal, en donde el sujeto ya no es un trabajador sino un empresario, delimita su entorno a partir de su movimiento, buscando aumentar su productividad y optimización. Ahora lo que lo gobierna no es la biopolítica sino la psicopolítca; sus motivaciones son la competencia, la optimización y la culpa. El nuevo sistema no busca la sumisión sino la dependencia, dando facilidades y actuando silenciosamente. Esta técnica es mucho más poderosa, pues el poder coercitivo es la expresión de la debilidad de este mismo poder; sin embargo, cuando el poder es persuasivo, se ha alcanzado su mayor fuerza, y esto sólo puede suceder interviniendo en la psique de las personas y condicionándola a un nivel prerreflexivo.

La característica en común del poder soberano y del poder disciplinario es que ambos están sometidos por una explotación ajena, creando así sujetos obedientes, condicionados biopolíticamente; la distinción con nuestra sociedad neoliberal es que ésta utiliza la psique como su fuerza productiva. En nuestras sociedades la producción cada vez es menos manual y corporal, es decir cada vez se requiere menos la fuerza del hombre; ahora, la producción es inmaterial e incorporea, por lo cual es necesario optimizar los procesos psíquicos y mentales. Ya no se trata de una disciplina corporal sino de una optimización mental. Es como un neuro-enhancement, en donde se busca el aumento del rendimiento psíquico a través de la autoexplotación.

La paradoja de todo es que nos engañamos a nosotros mismos, sin darnos cuenta. Creemos  que la competencia sin límites es buena, que luchar día y noche por nuestros ideales es lo que nos llevará a tener nuestra gran empresa, a ser los mejores, a comernos al mundo. Nuestra curación está siendo nuestro mismo veneno, pues todos los talleres de management personal, inteligencia emocional y coaching empresarial sólo buscan seguir aumentando la optimización y la eficacia de los ya no sujetos sino ahora proyectos, de modo que se pueda continuar con la dominación neoliberal del hombre. Él mismo se somete a estas terapias para “ser mejor”, alcanzar mejores resultados que sean mensurables; el dolor que tiene que aceptar es aceptable pues se puede explotar en pos de la optimización. Fuera de este “dolor permisible”, se busca que sea una máquina positiva, es decir que trabaje a través de estímulos positivos. La técnica de poder que utiliza la psicopolítica no es prohibitoria ni protectora; todo lo contrario: es prospectiva, permisiva y productiva. Es todo lo contrario a la sociedad del autor Orwell en su obra 1984, en donde el consumo es limitado, las necesidades reprimidas y la obtención de información a través de medios coercitivos. La fuerza de la psicopolítica es amable, pues maximiza el consumo, estimula las necesidades y  seduce a un desnudamiento voluntario de las mentes, para conocer los anhelos más profundos de los seres humanos, y así, poderlos controlar.

Referencias bibliográficas

Han, B. (2014). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Barcelona: Herder.